
En la historia de los pueblos andinos del sur, los caminos no se recorren solo con pasos, sino con convicciones. Nací en Cumbal, entre montañas que enseñan el valor del esfuerzo y comunidades que saben que el progreso no llega desde afuera: se construye desde adentro, con unión, compromiso y amor por el territorio.
Hoy quiero presentarme y llegar, con humildad, a cada rincón de nuestro territorio. Comparto mi historia no para buscar protagonismo, sino como testimonio de que la fuerza ancestral de nuestros mayores sigue siendo la raíz que nos sostiene. Desde muy niño crecí reconociéndome en mi identidad indígena, aprendiendo a caminar con ella y asumiéndola por convicción, no por obligación ni por tradición impuesta.
Gracias a nuestros mayores, los indígenas más jóvenes hemos podido soñar desde lo que somos, incluso cuando la infancia estuvo marcada por limitaciones, distancias y aprendizajes duros. Mi camino es solo uno entre muchos, pero nace del mismo lugar: de la sabiduría que heredamos y del deseo profundo de honrarla.
Mi formación como Administrador Público con grado distinguido en la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP), 2024, y mi Especialización en Alta Gerencia de los Recursos Públicos y Compliance en la Universidad Externado de Colombia, 2025, no son simples títulos. Son herramientas que elegí poner al servicio de la gente.
Cada paso en mi trayectoria académica fue una decisión tomada por vocación. Desde muy joven sentí el llamado de servir a mi comunidad, de acompañar a los comuneros que me dieron mi identidad y me enseñaron la importancia de la solidaridad, la escucha y el compromiso con el territorio. Mi camino profesional y académico siempre ha estado guiado por esa pasión por trabajar por los demás.
Hoy, con esa preparación y la experiencia que me ha dado el trabajo territorial, asumo un nuevo reto: seguir fortaleciendo la voz de Nariño en los escenarios donde se toman las decisiones, siempre desde la cercanía, la transparencia y el servicio a la comunidad que me vio crecer.
La unión ha sido el eje de todo mi camino. Crecí en un departamento donde el abandono estatal se nota en los caminos sin terminar, en las escuelas que resisten como pueden y en las historias de violencia que han acompañado por décadas nuestras montañas. El desempleo, la falta de oportunidades y la desigualdad no son problemas lejanos: son parte de la vida diaria de la gente que quiero.
He aprendido que nadie puede cargar con todo esto en soledad. He visto que cuando nos juntamos, cuando conversamos, cuando nos escuchamos y buscamos soluciones entre todos, las cosas empiezan a cambiar.
Por eso, la unión entre comunidades rurales y urbanas, entre juventud y experiencia, entre líderes tradicionales y nuevos talentos que emergen con fuerza, no es solo un ideal: es la manera de enfrentar lo que por tanto tiempo nos ha limitado. Solo juntos podremos transformar estas realidades y abrir espacio para una vida más digna en nuestro territorio.
El proyecto que hoy impulsamos no nace para buscar nombres propios ni reflectores. Surge de una necesidad real: que el sur tenga una voz unida y coherente, capaz de expresar lo que vivimos todos los días. Aspiramos a que los recursos públicos se manejen con transparencia y que las obras lleguen a los lugares donde por años han hecho falta. Queremos recuperar el sentido más simple y valioso de la política: servir a la gente, escucharla de verdad y ayudar a transformar las realidades que nos han marcado por tanto tiempo.
Nuestro paso hacia la Cámara de Representantes no es una ambición, es una consecuencia natural del trabajo que se ha venido realizando junto a las comunidades. Hemos demostrado que la gestión cercana, técnica y honesta da resultados. Y ahora queremos que esa experiencia local se convierta en una voz firme por los derechos, el desarrollo y la equidad de Nariño.
Desde la experiencia propia y la identidad, con cada comunero que minguea sin miedo y con convicción por lo colectivo, avanzamos con esperanza y determinación. Desde niño, levanté una pala para arreglar los caminos, participé en las mingas, resistí el frío buscando oportunidades de diálogo en las esferas del poder tradicional y aprendí del servicio, llevándolo luego a la academia para adquirir herramientas que me permitan transformar nuestra realidad.
El camino apenas comienza. Y aunque sabemos que no será sencillo, cada paso lo damos con la convicción de que la unión, la educación y la transparencia son la fuerza real para cambiar lo que durante años nos ha dolido. Son estos principios simples, pero profundos, los que pueden abrir espacio a un futuro distinto para nuestras comunidades del sur.
Carlos Andrés Cuaical Chapi


